Gestalt D.O. en Gaza

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En octubre, junto con Mireia Darder estuvimos en Gaza durante cuatro intensos días, Fuimos allí a realizar una formación para 12 personas, entre ellas 4 participantes de Beyond, que por motivos burocráticos no pudieron asistir al segundo encuentro del programa.

Conseguir un permiso de día (de 6AM a 2PM) para visitar Gaza es muy complicado, conseguir un permiso para poder dormir allí durante cuatro días resulta una excepción y un “privilegio”. Entrar fue ya en sí mismo una experiencia insólita, donde tuvimos que atravesar varios tipos de controles, interrogatorios, y esperas (por parte del gobierno Israelita, y de las facciones palestinas de Fatah y luego Hamás), y con túnel incluido estilo jaula de al menos kilómetro y medio, una sensación indescriptible que nos dejó el cuerpo destemplado y extraño.

A raíz de las elecciones democráticas celebradas en 2006 ganadas por Hamás (que la comunidad internacional vetó) y de la guerra en 2014, Israel incrementó el cerco y el control sobre las tierras de Gaza, alegando seguridad preventiva y restringiendo todo tipo de libertades, como la libre entrada y la salida de personas, prohibiendo la circulación de comida y materiales de cualquier tipo, la restricción del suministro de electricidad a seis horas diarias, etc..

Además del continuo y regular lanzamiento de bombas sobre sus territorios, a menudo sin un target concreto, lanzadas en campos deshabitados tan solo con la intención de intensificar la guerra psicológica que libran sin escrúpulos, de nuevo ante la mirada pasiva de la comunidad internacional. No me extenderé en ofrecer datos del maltrato psicológico al que se ven sometidos los habitantes de gaza, sólo decir que más del 70% de los niños y niñas, y más del 40% de los adultos sufren de enuresis (es decir, se mean en la cama).

Antes de empezar a trabajar nos llevaron a visitar la ciudad de Gaza y sus alrededores, y nos encontramos un escenario de pobreza y suciedad extrema. Una población de casi dos millones de habitantes sin apenas servicios de primera necesidad, que vive en la escasez continua, una ciudad sin luz, sin semáforos, sin refrigeradores, con edificios destruidos y agujeros de bomba cada tres esquinas.

Con todo este panorama entramos a trabajar en sala con doce personas interesadas en el análisis y la intervención en grupos. Algunos participantes reconocieron su interés de ver y conocer por primera vez alguien de fuera de Gaza, “del exterior” decían.

Y nos dispusimos a crear un espacio para compartir, no solo la práctica y los conocimientos que les puedan ser útiles para intervenir en sus organizaciones, sino también para compartir experiencias e intimidad. Y no tardó en aparecer el miedo, el dolor, la esperanza, los sueños, de personas con nombre y apellido que luchan por sobrevivir a una realidad injusta y delirante. No puedo ni quiero contar lo que se compartió en esos cuatro días de trabajo, solo decir que fue un regalo para mí, que me abrió el corazón y me dio un buen trompazo en la cabeza, descubriendo cosas que no sabía ni podía imaginar sobre la guerra y sobre la resiliencia de los seres humanos en situaciones y contextos extremos.